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Luis Ramiro Beltrán

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Schramm: Comunicación aporta al Desarrollo

El comunicólogo Wilbur Schramm, profesor de la Universidad de Stanford, en la década de los 60 estudió el fenómeno de la comunicación y su relación con el desarrollo; con lo cual, publicó en 1964 un relevante estudio, tomando en cuenta la realidad de los países en vías de desarrollo.

Su estudio analizó las características de la comunicación masiva para atender las necesidades de desarrollo social y determinó que la parte receptora debe “estar informada de los planes, acciones, logros y limitaciones del esfuerzo pro desarrollo; hacerse partícipe del proceso de toma de decisiones sobre asuntos de interés colectivo; y aprender las destrezas que el desarrollo les demanda dominar” [Luis Ramiro Beltrán, La Comunicación para el desarrollo en Latinoamérica: un recuento de medio siglo, Buenos Aires, 2005, p. 19]. Además su estudio sirvió de base teórica para el uso de la comunicación social al servicio del desarrollo.

Para el análisis comunicativo, Schramm tomó como referencia la teoría de las etapas de crecimiento de Whitman Rostow, la cual explica el proceso de desarrollo económico de un país:

  1. Sociedad tradicional: La economía se caracteriza por una actividad de subsistencia y no existe comercialización, debido a que no se ha explotado los beneficios de la ciencia y tecnología en favor del crecimiento económico.
  2. Condiciones para el despegue: Es el periodo de transición, en el cual la sociedad tienen un acercamiento con la tecnología y se trabaja en las primeras destrezas para manejarla. Se hace un compromiso de cambio para generar desarrollo.
  3. Proceso de despegue: Es la etapa de crecimiento rápido de los sectores económicos. Los procesos de desarrollo tecnológico se extienden y la industrialización se generaliza, la economía explota recursos naturales e incorpora procedimientos de producción avanzados.
  4. Camino hacia la madurez: Es el periodo extendido de la aplicación tecnológica y se dan cambios a nivel económico y social como migración, industrialización, comercio exterior, etc.
  5. Sociedad de alto consumo masivo: La economía se centra en los servicios y bienes de consumo. Se consolida el Estado benefactor y se prioriza el trabajo en las áreas de bienestar y seguridad social.

Con esto, Schramm señaló seis funciones de la comunicación como aporte al desarrollo:

  • Contribuir al sentimiento de nacionalidad.
  • Informar acerca de la planificación nacional.
  • Ayudar a enseñar las destrezas necesarias para el manejo de tecnologías.
  • Ayudar a ampliar el mercado
  • Motivar el pensamiento y acción para el desarrollo.
  • Preparar a la gente a representar su papel como parte de una sociedad moderna.

Para poder cumplir con estas condiciones, fue necesario trabajar desde los medios de comunicación para llegar a la gran mayoría de la sociedad y darles un nuevo enfoque informativo. El cambio en la función de los medios masivos que Schramm planteó, fue apoyado por la UNESCO para su divulgación y pronta consolidación de esta nueva forma de hacer comunicación, principalmente en América Latina, donde empezaron a surgir varios medios comunitarios, que tenían fines educativos y de progreso, y donde varias instituciones se interesaron por ejecutar proyectos específicos para el desarrollo económico y social.

La Comunicación se convirtió en parte integradora y promotora del cambio. Ahora también evidenciaba la importancia de hacer partícipes a los beneficiarios en los procesos de desarrollo.

Antecedentes de la Comunicación para el desarrollo

Tras la devastación que produjo la Segunda Guerra Mundial, fueron muchos los gobiernos que hablaron de reconstrucción, cambios, progreso, en sí, de una evolución. Sin embargo, Estados Unidos y algunos países europeos como la Unión Soviética no se vieron tan afectados; por el contrario, alcanzaron mayor poder político, económico y militar.

La situación empeoró cuando comenzó la época de la Guerra Fría; “para ello era necesario la intervención estatal para lograr levantar la economía e incentivar el avance tecnológico” (Beltrán: 2005). La inestabilidad social y política perjudicó directamente a los países subdesarrollados, por lo cual, los Estados Unidos, “protectores del statu quo global, que la identificaban (la crisis) con el comunismo soviético o, por lo menos, la consideraban como un recurso permanente y potencial para su contendiente en la lucha global por la supremacía” (Hobsbawm: 2001), trató de frenar este riesgo. La potencia mundial ofreció ayuda económica, difundió propagandas políticas y, en el peor de los casos, utilizó la subversión militar oficial o extraoficial y declaró la guerra abierta a algunos países.

Sin embargo, el único método que contribuiría al proceso de reconstrucción y rehabilitación era el apoyo financiero, que en primer término benefició al progreso de Alemania, Italia y Japón.  A finales de la década de los 40, los países subdesarrollados aún se encontraban en situación de desventaja; por lo cual, en 1949, el presidente estadounidense Harry Truman “planteó la creación de un programa internacional de asistencia, técnica y financiera, para el desarrollo nacional que llegaría a conocerse como el del Punto Cuarto. Para su ejecución, se estableció el organismo que ahora se conoce como Agencia de los Estados Unidos de América para el Desarrollo Internacional (USAID)” (Beltrán: 2005).

Este programa consistía en “brindar asistencia para que los gobiernos inviertan en obras públicas: ampliación y mejoramiento de infraestructura de caminos, vivienda, electricidad, agua potable y alcantarillado. También se establecieron acuerdos de cooperación en temas de agricultura, salud y educación, que se consolidarían a partir de la década  de los 50” (Beltrán: 2005).

En la misma época, en América Latina se vivían diversos procesos revolucionarios (transiciones de dictaduras a gobiernos democráticos) que de igual manera buscaban un cambio. Sin embargo, Estados Unidos tomó la iniciativa para implementar su nuevo programa, que pretendía eliminar las barreras entre países ricos y pobres. “En ese paradigma la Comunicación trató de promover cambios a través de innovaciones. Según Everett M. Rogers, el modelo usa dos pasos: de los medios a los líderes de opinión y de los líderes a la comunidad e individuos” (Franco Romero:  2011); es decir, los medios debían ser los encargados de trasmitir los nuevos valores de la modernidad y educar sobre el uso de la nueva tecnología.

Sin embargo, el Punto Cuarto no consideró particularidades que debían aplicarse de acuerdo a la situación de cada país; es por ello que, a finales de los 60, un movimiento regional de economistas y científicos sociales criticaron el modelo, con lo cual propusieron la Teoría de la Dependencia que revelaba el ambiente de injusticia y desigualdad en donde se desenvolvían las relaciones internacionales; “venderle (a Estados Unidos) barato materias primas y comprarle caro productos manufacturados producía un déficit crónico y creciente para los latinoamericanos” (Beltrán: 2005) y sostenían que logrando la independencia se conseguiría un desarrollo efectivo y democrático. Por otro lado, los partidarios del programa tampoco previnieron la ineficacia que tendría el usar medios de comunicación masiva para difundir los planes de desarrollo; puesto que ignoraban “la dinámica local, es decir, a los participantes de un determinado contexto social, cultural y político” (Franco Romero: 2011) y como conclusión los investigadores plantearon que la comunicación personal tenía mayor efecto en el comportamiento social.

Tiempo después de la aplicación, los problemas de subdesarrollo se mantuvieron y, en algunos casos se incrementaron. La crisis petrolera internacional de 1970 afectó la economía latinoamericana, “la región vio ya a mediados de la década bajar rápidamente sus tasas de crecimiento y le resultaría inevitable hacer recortes en los gastos públicos, afectando como siempre a los más desamparados” (Beltrán: 2005). En la siguiente década, la situación para América Latina no mejoró: “Existió aumento del desempleo, salarios más bajos y precios más altos y aguda inflación. El 40% de las familias cayó a niveles de pobreza crítica mientras las elites conservadoras se enriquecían más. Y el autoritarismo seguía sojuzgando al pueblo” (Beltrán: 2005).

Era evidente que no existía un modelo de desarrollo universal; por ello, personas e instituciones trabajaron por conseguir el cambio, mediante el impulso de modelos de desarrollo cimentados en bases comunitarias, autogestionarias y participativas, que pudiesen variar según el contexto donde se apliquen.

Para llevar a cabo todos estos procesos de desarrollo social fue necesaria la persuasión educativa, para provocar cambios de conducta pensados, tanto en quienes los gestarían como en quienes serían beneficiados. “En cada uno de esos servicios sociales se incluyó una unidad dedicada a la información de apuntalamiento a los fines del respectivo sector. Y esta medida llegaría a constituir una de las raíces mayores de la actividad que sólo varios años después iría a conocerse como comunicación para el desarrollo” (Beltrán: 2005)

Lecturas recomendadas:

La Comunicación para el desarrollo en Latinoamérica: un recuento de medio siglo

Estructuralismo y Teoría de la Dependencia en el periodo neoliberal.

Dependencia y desarrollo en América Latina (Subdesarrollo, periferia y dependencia, desde p.12)

Las radios mineras de Bolivia, primeras radios de pueblo

En 1944, con el fin de mejorar la comunicación entre ellos y para transmitir sus ideas en su idioma original (quechua) a más del español, un grupo de mineros bolivianos invirtieron parte de su poco salario para constituir una radio propia. Los trabajadores no tenían experiencia radiofónica y sus transmisiones eran de corto alcance; sin embargo, con la estrategia de micrófono abierto, los mineros y los habitantes de los alrededores de las minas pudieron cumplir su propósito de libre expresión. Su labor no se quedó únicamente en sus lugares de trabajo ni en los sindicatos, avanzó a las escuelas, iglesias, incluso a los hogares; por lo cual, en poco tiempo se las denominó: radios de pueblo. “A finales de la década de los 50, se conformó una red de radios populares conformada por 33 emisoras” [Luis Ramiro Beltrán, La Comunicación para el desarrollo en Latinoamérica: un recuento de medio siglo, Buenos Aires, 2005, p. 6], que era el gran medio de la “vox populi” indígena.

Poco a poco, la libre expresión de grupos subordinados se convirtió en un problema para el gobierno y las élites bolivianas quienes buscaron las formas de silenciarlos. Sin embargo, los movimientos defendieron sus derechos y fue gracias a sus propios medios de comunicación, que pudieron organizarse para sus actos de resistencia. “Las comunidades aymaras rurales y urbanas se apropiaron de las radios y las usaron como medio para intercambiar mensajes entre los comuneros que vivían en El Alto, ciudad del departamento de La Paz, y quienes permanecieron en las áreas rurales. Más que mensajes, trasmitían estados de ánimo, emociones, vivencias que de ese modo se reproducían en sitios muy alejados” [Raúl Zibechi, Los movimientos sociales como sujetos de la comunicación, en María Belén Albornoz y Mauro Cerbino, comp., Comunicación, cultura y política, FLACSO, Ecuador, 2008, p. 105].

Este medio de comunicación permitió coordinar conductas y acciones que desencadenaron en una de las más grandes rebeliones en la historia aymara; de igual forma, durante el proceso de insurrección, por medio de la radio se convocó a los pobladores para que atendieran a los heridos y se unieran al frente de resistencia en contra de los militares. Las radios jugaron un papel destacado en la organización del movimiento social.

Pese a la represión que sufrieron los medios comunitarios, Bolivia ha mostrado un significativo surgimiento en cuanto a Comunicación Alternativa;  ahora no sólo se trabaja en radio, sino también en televisión. En los nuevos medios se involucran comunidades enteras, a través de reporteros populares y mediante la participación directa de los pobladores. “Los medios comunitarios han fortalecido la cultura, la visión del mundo y las formas de vida de la población boliviana” [Raúl Zibechi, Los movimientos sociales como sujetos de la comunicación, en María Belén Albornoz y Mauro Cerbino, comp., Comunicación, cultura y política, FLACSO, Ecuador, 2008, p. 106].

Radio Sutatenza, la primera radioescuela latinoamericana

En 1947, en la población colombiana de Sutatenza, el párroco Joaquín Salcedo tuvo la idea de utilizar la radio para educar a los campesinos y contribuir al desarrollo rural. El proceso de comunicación consistía en utilizar las diferentes experiencias de los moradores en temas de agricultura, salud o educación, para socializarlos mediante productos radiales, que eran realizados por los propios pobladores, con el fin de aplicar lo aprendido en la correcta toma de decisiones comunitarias. Así se marcaron cuatro fases fundamentales: recepción, reflexión, decisión y acción colectiva, que, en un inicio, fueron asesoradas por profesionales.

Con el paso del tiempo surgió la agrupación católica Acción Cultural Popular (ACPO) “que, al cabo de poco más de una década, abarcó a todo el país e, inclusive, cobró resonancia internacional. El proyecto recibió el apoyo del gobierno colombiano y de algunos organismos internacionales, con lo cual se pudo crear una red nacional de emisoras, el primer periódico campesino del país, institutos de campo para la formación de líderes y un centro de materiales de enseñanza” [Luis Ramiro Beltrán, La Comunicación para el desarrollo en Latinoamérica: un recuento de medio siglo, Buenos Aires, 2005, p. 6].

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